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Apuntes III: El Franciscanismo como paradigma de una nueva cultura. Fray Jeronimo Bormida

EL FRANCISCANISMO

COMO PARADIGMA

DE UNA NUEVA

CULTURA DE LA VIDA

Hno. Jerónimo Bórmida, ofm.cap.

 

Doctor en Teología, Coordinador del área de Teología Filosofía de la MFAL.

1.- LOS PARADIGMAS

Paradigma y clave de lectura

Sistema de lectura

Todo conocimiento de la realidad –lógico, intuitivo, religioso, estético, técnico…– y toda acción sobre la realidad suponen la aplicación -consciente o inconsciente– de una serie de códigos previos, propios del lector. Estos parámetros son proporcionados por la cultura-sociedad, no son productos privativos y exclusivos del individuo. La decodificación de un objeto –cada objeto es infinitamente complejo– exige la adopción de una serie de parámetros, de guías, de códigos. Estos indicadores permiten conocer y operar sobre la realidad, pero, al enmarcarlas, limitan el ámbito del conocimiento y de la acción.

«Conocer» es también, siempre y de alguna manera, un «hacer»-«ser hecho». Una manera de entender y ser entendido es –inevitablemente– una manera de construirse, construir y ser construido.

Estos códigos, a la vez que hacen posible leer-hacer lo real, delimitan -ineluctablemente- el horizonte de comprensión, determinan el ángulo de visión, parcializan el resultado de la lectura y consecuentemente el resultado de la acción.

Los códigos aparecen como sistemas: no se nos presentan aislados, como mónadas, sino orgánicamente, como esquemas interpretativos y operativos, o sea, como «paradigmas». Son sistemas hermenéuticos que provienen de la praxis y conducen a la praxis.

Estos sistemas, a su vez, se presentan organizados, sistematizados, dentro de esquemas de comprensión más englobantes que, de modo genérico, podríamos llamar cosmovisiones. La cosmovisión, pre-comprensión orgánica de la realidad, es condición sine qua non de todo conocimiento y de toda realización. Estas posturas globales poseen diversos niveles de profundidad interpretativa y operativa y ámbitos más o menos extensos de comprensión-acción.

Me propongo abordar el movimiento franciscano primitivo como portador de «nuevos paradigmas para una cultura de la vida». Entiendo especialmente importante este rescatar la memoria subversiva de los orígenes como mensaje válido ante una cultura de la muerte que parece imperante en este fin de milenio.

La cultura, fruto de la experiencia, de la educación y del medio ambiente y hasta de la misma genética, es una de las cosmovisiones básicas de la experiencia humana. Habitualmente definimos la cultura como el modo de ser, de sentirse y de entenderse de un pueblo, de un grupo humano con identidad histórico-geográfica. Un pueblo se distingue de otro por los diversos paradigmas que utiliza la propia comunidad histórica para entender, sentir construir y valorar los datos de la realidad. Hoy estamos inmersos en un proceso de universalización que afecta inevitablemente al planeta, transformado en una aldea global.

La cultura no es la única cosmovisión interpretativa de la realidad. En la misma categoría podríamos ubicar la religión, la ideología, la espiritualidad.

Con el término religión acentuamos la relación de la cultura con la sistematización de la experiencia humana en relación con lo sagrado, con lo trascendente. Hay religiones ateas, con dogmas y ritos, con valores trascendentes y absolutizados.

La ideología integra la lucha por el poder de un grupo social en vistas a transformar la realidad en función de la sistematización utópica de lo existente. La cultura y la religión, se convierten en ideología cuando buscan apoderarse del poder en la sociedad con la finalidad de mantener, transformar o recrear la realidad según sus propias utopías.

La espiritualidad es la organización peculiar de los paradigmas amplios de la cultura o religión. Define a un movimiento que posee una sistemación propia de los paradigmas comunes, siempre dentro de una cosmovisión más amplia.

Sea como fuera quiero definir al franciscanismo como una religión, una espiritualidad, una «nueva manera de leer», tanto en filosofía, en teología, en ciencia o en política. Por lo cual me parece valedera la pregunta acerca de los paradigmas franciscanos para leer-hacer la realidad, por su manera propia y peculiar de entender y transformar la realidad.

Lugar social

Uno de los axiomas fundamentales de la cosmovisión franciscana consiste en la convicción de que los paradigmas no nacen de la mera especulación teórica de un grupo de intelectuales desinteresados. El que se sienta en la mesa del patrón a tomar bebidas finas no tiene los mismos paradigmas para interpretar un conflicto obrero, que quien se sienta en la mesa del peón, a soportar un vino barato.

El lugar geográfico-social es determinante en la elaboración de los paradigmas. Este es un dato privilegiado en la hermenéutica y praxis franciscana tradicionales.

El teólogo, el filósofo, el místico, el erudito franciscano no se concibe como un intelectual de escritorio, un pensador encerrado por los muros del monasterio. El franciscano ha resuelto hacer opción por vivir pobre y sin propiedades, viendo y caminando en ambientes cercanos a los pobres reales. El lugar social de los pobres reales tienen que ser el horizonte hermenéutico de su pensar y de su actuar.

El franciscanismo presupone que esta opción fundante, de modo más o menos consciente, queriéndolo o no, necesariamente, determina la formulación paradigmas alternativos. Solamente en el compartir el lugar social de los pobres se puede originar una cultura de la vida.

Clave de lectura y utopía:

En el lenguaje vulgar la utopía tiene como referente el campo de la ilusión, de lo irreal o irrealizable. Un utópico está más cercano a la mística que a la política, y se lo identifica como un soñador que no tiene los pies en la tierra.

Por el contrario, tenemos que definir la utopía como la imagen simbólica del proyecto final, último, acabado, proyecto que define a un grupo humano en relación a otro, como diferente a otro. La utopía define a la persona en relación a sí mismo, a los demás hombres, a la historia, al cosmos y al mismo Dios. La utopía es la formulación simbólico-mítica de los paradigmas que un grupo utiliza para entender, hacer y valorar la realidad.

Cuando un grupo humano logra definir, formular, su propia utopía, en ese mismo momento ha encontrado su identidad original. Por la utopía el grupo humano identifica la felicidad germinal, la salvación que despunta, la esclavitud soportada, la condenación que aparece inminente. La utopía revela en el horizonte la imagen nítida de lo bueno sin mal, de la perfección sin mácula, la libertad plena, la felicidad perfecta.

La utopía no es jamás lo que «no puede estar» en ningún lugar. Simplemente afirma que el proyecto formulado por un grupo en un momento histórico «aún, de hecho no está presente totalmente» en un lugar. Cuando un grupo humano posee un proyecto histórico común, la Utopía es la realidad, que aunque «todavía no» es localizable, acabará siendo el lugar-habitación del hombre sobre la tierra.

Las utopías se encuentran bajo sospecha, tanto de los defensores del sistema dominante y los detentores del poder, como de los que están lanzados a la lucha política para cambiar la sociedad y alcanzar el poder. El pragmatismo imperante acusa a las utopías de ser ineficaces, o al menos formula el gran interrogante acerca de la real capacidad transformadora de la utopía. La utopía nunca es negación o rechazo de la realidad, menos aún una representación ingenua de la irrealidad. Al contrario, es como un espesamiento, una creación de mayor realidad, de realidad total. La utopía puede definirse como palingénesis, como propuesta de creatura alternativa, de nueva sociedad.

La utopía agrede la banalidad de la verdad cotidiana con el fin de sorprender y hacer eficazmente resaltar una medida desproporcionada de la realidad. Se disocia de la verdad real con el objetivo de buscar otra eficacia en la instauración de la realidad desproporcionada.

La Utopía puede ser definida como una nueva generación de lo real, que pretende obrar con categorías y orientaciones diversas a los de los paradigmas dominantes.

«Una ideología se vuelve utopía cuando quiere garantizar una perspectiva de revolución y de poder de las clases sociológicamente en fuga hacia la redención».

Cuando nos referimos a la utopía hay que apuntar al tema de la perfección, del mejor de los mundos, del mundo por el cual hay que trabajar, de las estructuras de convivencia humana que hay que hacer nacer. En el fondo estamos ante un tema altamente político. De hecho las revoluciones fracasan cuando mueren las utopías que las generaron.

En la aldea global la globalización pretende eliminar la diversidad de utopías reduciéndolas a un modelo único. El fin de la historia sueña con arrasar las utopías.

Paradigmas e ideología.

Los paradigmas dominantes son productos de la lectura de la realidad hecha por las clases dominantes. Sea como fuera que se llamen –clase, estamento, casta..- los que se apropiaron de la cultura, del dinero y del poder elaboraron y los paradigmas de la actual cultura pretendidamente global, omniabarcante y definitiva.

En esta aldea global de miles de millones de habitantes, un puñado de hombres se ha adueñado del poder de decisión sobre la producción, el intercambio, la distribución y el consumo de los bienes –tanto materiales como culturales como espirituales- necesarios para la supervivencia de la comunidad. Esta ínfima minoría establece los paradigmas para entender la realidad y por ende para justificarla.

A su servicio están los hacedores de paradigmas. Los comunicadores, los pensadores, los científicos y los expertos en política y economía, los artistas y los profesionales de la religión y de la teología están –mental y geográficamente- situados en ambientes socialmente cercanos a los grupos dominantes, usufructuando sus privilegios. Los fabricantes se encuentran muy lejos de los ambientes y de las condiciones de vida de los consumidores de paradigmas.

Los paradigmas no son ya, como en los pueblos antiguos, una producción comunitaria. Está en manos de especialistas (sociólogos, analistas políticos, teólogos, artistas, comunicadores, etc.), que se apropian de la producción de paradigmas, faena que tendría que ser propia de la comunidad. El pueblo queda, pues, reducido a la condición de consumidor pasivo de las interpretaciones elaboradas fuera de sus intereses, sus preocupaciones y sus anhelos.

Para peor, los hacedores de paradigmas se convencen de que sus lecturas no están condicionadas por sus propios intereses, y los consumidores los introyectan acríticamente como inevitables y sin alternativa.

A esta dimensión de los paradigmas llamo ideología. Está destinada a asegurar la dominación de un modelo de sociedad como algo fundado en la ineluctabilidad de la ley natural, llámese esta «voluntad de Dios», «naturaleza», o «deber moral».

La ideología sirve tanto para que la conciencia de los excluidos del sistema acepte como natural su condición, como para que los miembros de la clase dominante puedan ejercer como natural su explotación y su dominación.

La ideología tiene pretensiones de globalidad. Ella reivindica a sí misma, implícita o explícitamente, la explicación global del hombre, partiendo de una situación de hecho de la sociedad, sea que la realidad social sea aceptada o rechazada. La ideología tiende a ser totalitaria y represiva en cuanto rechaza toda posibilidad de expresión del hombre distinta de aquella admitida por el sistema de verdad y de los valores dominantes.

En principio una visión fatalista del destino no es ideología, dado que ésta constituye un factor dinámico de la vida social, es portadora de acción. Tampoco implican ideología las modificaciones sociales a corto plazo, inmediatas, parcelarias, las que llamamos reformas. La ideología supone la posibilidad de cambio social en la historia en vistas a realizar un objetivo global del hombre o de una colectividad.

La ideología está a tal punto presente en todos los actos y todos los gestos de los individuos que llegó a ser indiscernible de la «experiencia vivida», y por ello, todo análisis inmediato de lo «vivido» está profundamente marcado por la acción de la ideología.

A pesar de lo cual la ideología no es solo enmascaramiento para no ver lo que en la realidad contradice los intereses de la clase dominante, es también proyecto alternativo de quienes otros paradigmas para leer-hacer la realidad con otros códigos. La historia reciente de América es ilustrativa.

2.- PARADIGMAS DE UNA CULTURA DE LA MUERTE

Globalización

En este fin de milenio el movimiento franciscano se enfrenta a un reto inédito: los grupos – clases, castas, estamentos – dominantes proclaman el «fin de los paradigmas». Se acabó la historia, de ahora en adelante solo tendremos más de lo mismo… No es necesario hacer referencias bibliográficas para citar a los autores de estas ideas: han pasado a ser patrimonio común, lenguaje cotidiano en boca de todos los gobernantes, ministros, técnicos, inclusive de los que en décadas pasadas sostuvieron ideologías revolucionarias.

El paradigma único supone que se está implantando un pensamiento único, se ha llegado al fin de la historia, sin la capacidad de proponer alternativas valederas, habrá que aceptar al neoliberalismo como única alternativa y al mercado como el único apoyo y base de la economía, de la cultura, de la política y de la moral.

El pensamiento único supone la predominancia absoluta de un conjunto de lugares comunes económicos, políticos, culturales, religiosos, morales y sociales uniformizados, incontestables. Lo que lo contradice es inmediatamente sospechado de populismo, irresponsabilidad, irrealismo, angelismo… nosotros diríamos de «franciscanismo». Quien resiste a la globalización es tachado de reaccionario.

Exclusión o cultura de la muerte

La «globalización» es un fenómeno que apunta a un grupo ínfimo que determina las reglas de una única economía global. Llámense Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial para el Comercio, uno presiente que nuevas reglas liberalizadas de la economía mundial han sido pensadas a favor de la libertad de muy pocos y de la esclavitud de la casi totalidad.

La «globalización» no supone que todos en todo el mundo son, o pueden ser, integrados en el nuevo mundo feliz. Actualmente solamente la tercera parte está dentro del sistema y goza de sus beneficios, mientras que los dos tercios restantes están excluidos y fuera del nuevo orden. Esta proporción crece en los países pobres y hay regiones enteras que pasan a ser eliminadas de la historia. Quien no puede competir pierde el derecho a la existencia, llámese individuo, empresa o nación.

La nueva religión – que pretende suplantar a todas las demás – se llama neoliberalismo. Es un sistema de paradigmas simbólicos-míticos que deposita toda su confianza en el mito del mercado, sin que esta doctrina esté basada en la experiencia. Por eso estamos confrontados a dogmas neoliberales, con adherentes y fieles más o menos ortodoxos y heterodoxos. El nuevo Dios mercado tiene sus ritos sangrientos y su nueva ética, exclusoria y definitiva.

Uno de los dogmas dice que el mercado absolutamente liberado a sus fuerzas creará inversiones, empleo y desarrollo benéfico para todos. En la práctica lo que pasa es todo lo contrario.

Las cifras las conocemos todos: a nivel mundial, el 20% de los más ricos han mejorado su posición mientras que el 80% se quedó más pobre y sigue empobreciendo. Cuánto más alto te encuentras en la escala del rendimiento más ganas y viceversa. Esto pasó dentro de los países y entre los países (v.g., la diferencia entre el norte y el sur en 30 años es más del doble; el 20% del mundo recibe el 85% de la riqueza mundial; el 20% recibe el 1,4%)… etc., etc. Pueden leerse estos datos en diarios y semanarios y bastaría seguir atentamente las intervenciones de Juan Pablo II en cada ocasión propicia para tocar el tema. La deuda hizo que el principal rubro de exportación de los países pobres a los países ricos sea la transferencia de riqueza del sur para el norte. Los pobres exportan capitales.

Lo peor de todo es que los paradigmas neoliberales suponen necesariamente que en este proceso habrá, lamentable pero inevitablemente una gran masa de excluidos que tienen el destino de desaparecer, como muchas especies a lo largo del proceso evolutivo.

Dicho presupuesto refuerza el ciclo de la pobreza: supone el corte radical de todo tipo de asistencia estatal a los pobres que no tienen la capacidad de competir en el mercado. Lo excluidos ya están muertos y a los muertos no se los asiste.

Quizá lo más preocupante es que este nuevo paradigma afecta a la relación de solidaridad entre los individuos: todos están en concurrencia por un puesto de trabajo con todos los demás. No se pueden pensar mucho en la solidaridad cuando cada cual es un firme candidato al terminar en el montón de los deshechos del mercado. Todos podemos estar sobrando en cualquier momento.

Al capitalismo neoliberal le sirve contar con individuos aislados para que compren siempre más bienes. Inclusive una tasa de divorcios elevada es buena para el mercado, ya que implica más compradores potenciales de electrodomésticos, coches, televisores, muebles, etc.

La ecología se reduce a la lógica del mercado y no entran en juego la solidaridad con la tierra y con las generaciones futuras: sobreviven las especias competitivas, las otras quedan excluidas de la evolución. No es ético luchar por la no extinción del tigre, de la ballena o…. del sudanés. Especies y razas, plantas o culturas: la evolución natural le dará razón al más fuerte y mejor adaptado.

Fatalismo o fin de la historia

¿Cuáles son las creencias y los consecuentes comportamientos que constituyen ese «pensamiento único» que no solamente domina y gobierna nuestras economías sino que también hacen que se acepte esto como una «fatalidad»?

Creo que se puede resumir todo en este decálogo:

El mercado es la única norma ética universalmente válida. El mercado se regula por una especie de «orden natural» y hay que evitar, inclusive como no-ético, todo lo que pueda perturbarlo.

El neoliberalismo y la mundialización o globalización de la economía que incluye la más absoluta y libre circulación de bienes y capitales constituyen el cuadro ideal para el progreso y el objetivo primario de la sociedad.

La competencia regulada por el mercado es la única norma eficaz, tanto económica como socialmente: quien no es capaz de competir está excluido.

Tanto el progreso técnico como todo aumento de la productividad conducen a un futuro mejor, por más que esto no se revierta inmediatamente en beneficio de todas las colectividades y de todos los individuos.

La leyes del mercado, con sus consecuentes exigencias de calidad y competitividad, producen a corto plazo más desigualdades, un sinfín de exclusiones y una pobreza masiva, pero éstas son tanto transitorias como inevitables para llegar a optimizar los resultados.

El costo social del imperio del mercado será siempre inferior a las ventajas colectivas que producirá en el futuro.

El crecimiento económico terminará por absorber los efectos negativos, como el desempleo, la marginación y la pobreza.

Los problemas sociales y políticos son un apéndice de los problemas económicos: el mercado regula la moral, la cultura y el gobierno de los pueblos.

La homogeneización producida por el mercado, basada en la ley de la competencia y del progreso técnico, es el medio más seguro para garantizar en el mundo la paz y la seguridad.

La rigurosa ortodoxia financiera de las finanzas publicas y de la moneda es la condición «sine qua non» de la salud y del crecimiento económico: las finanzas son más importantes que la producción.

Esta propuesta produce una serie de efectos a nivel mundial: globalización de los mercados de los productos (bienes y servicios) y de los mercados financieros; dominio de los financiero sobre lo económico real; ausencia del estado en la economía y en la sociedad; crisis del trabajo; fuerte aumento de las desigualdades (riqueza y pobreza), disociación entre lo la economía con lo social y lo cultural.

Búsqueda y permanencia de alternativas

Sea como fuere no somos meras víctimas pasivas de un fatal proceso evolutivo, no padecemos en el mundo de hoy de ausencia total de alternativas. Por una parte el modelo -aparentemente inconmovible hace menos de una década– se está haciendo pedazos. Por otra, abundan las propuestas de orientaciones y de comportamientos que pueden crear alternativas.

Las propuestas pueden parecernos minúsculas, insignificantes, pero creo que son capaces de conformar una red fina y extensa, apta para fabricar nuevos paradigmas para una cultura de vida. Por ejemplo vemos nuevas formas de economía «plural», maneras distintas de responder a las necesidades del hombre, una inserción diferente en la comunidad del trabajo, una real corresponsabilidad en las nuevas opciones…

El franciscanismo tiene que aceptar su destino y asumir el desafío de constituirse en una de esas fuerzas capaces de proponer paradigmas generadores de vida.

3.- EL FRANCISCANISMO COMO PARADIGMA

La cosmovisión tradicional del movimiento franciscano posee una serie de paradigmas que todavía hoy suenan como recién nacidos, capaces de desafiar la cultura de la muerte que parece vendedora.

Paradigma radicalmente alternativo

Supongo que los datos de la realidad son de una complejidad y polisemia infinita y que la complejidad del sujeto individual y colectivo que los gesta e interpreta no es menor. Por lo cual parto de tres presupuestos:

La existencia de paradigmas diversificados y contradictorios en la tarea de escribir o de hacer el devenir.

La necesidad de optar entre una serie de paradigmas, por más que no siempre estos sean contradictorios.

La inevitabilidad de un «tomar partido hermenéutico».

Ni en teoría ni en los hechos existen «paradigmas neutros». Toda clave de lectura, voluntariamente o a su pesar, son efecto y causa de cultura e ideología, y resienten necesariamente los conflictos que afectan al entorno. No se puede hacer una historia de las ideas, sin tener en cuenta que las ideas o bien asumen o bien contradicen la postura de los que tienen en sus manos el poder. El franciscanismo –para ser fiel a su identidad espiritual– tiene que ser ubicarse en confrontación clara y explícita contra los paradigmas neoliberales.

Un ejemplo de los escritos de San Francisco es ilustrativo.

En las dos redacciones de la Carta a los Custodios, encargados de llevar graves mensajes a los grandes de la tierra, Francisco previene con total clarividencia de la radical oposición entre la clave hermenéutica del mundo, tanto de los hombres en general, como inclusive de los mismos religiosos. Hay una mirada según Dios que está en las antítesis del juicio común:

«Salud en las nuevas señales de los cielos y de la tierra, que son grandes y excelentes ante Dios y que muchos religiosos y otros hombres las consideran insignificantes».

«Sabed que a los ojos de Dios hay algunas cosas muy altas y sublimes, que son consideradas entre los hombres como viles y bajas, y hay otras que son estimadas y respetables entre los hombres, pero por Dios son tenidas como vilísimas y despreciables.»

San Francisco nos sitúa en el centro del problema hermenéutico. Los paradigmas de Dios son antitéticos a los de muchos hombres, inclusive de muchos religiosos. Cuando opto por el franciscanismo como paradigma de la historia soy consciente de asumir un punto de partida polémico: me coloco desde el inicio en contradicción con las estructuras de poder que han dominado la historia.

Los paradigmas del Espíritu contrarios a los del sistema

Para los paradigmas franciscanos sería impensable fundamentar en el derecho a la propiedad una sociedad realmente humana y humanizadora. El hombre como tal que ha sabido reconocer el rol que Dios le ha asignado en la tierra y en la historia, este hombre no tiene derecho a poseer. El hombre se define como hijo-hermano, no como padre-dueño, tanto de los otros hombres como de las cosas. Los franciscanos tendrían que decir a los políticos que trabajan por instaurar un nuevo orden mundial, a los economistas que quieren imaginar una nueva economía a escala humana, a los ambientalistas que apuestan por mejorar la calidad de vida del hombre, a los preservacionistas que bregan por conservar las especies en extinción, especialmente la del ser humano, a los pastoralistas que quieren construir una iglesia más evangélica… a todos ellos, el anuncio basilar, primero, fundante: comenzar por revisar a fondo la teoría y el ejercicio de la propiedad y del poder. En una sociedad cimentada en paradigmas franciscanos el hombre no tiene derecho a poseer, a vender, a comprar, a usar, como si las cosas fueran realmente suyas. Si se quiere crear una nueva cultura de la vida en el planeta, refórmese el sistema de propiedad.

Para los dogmas neoliberales la democracia y el libérrimo mercado son el único futuro posible: los franciscanos tendrían que anunciar que no se puede hablar de libertad, de participación, de cogestión… de verdadera democracia, cuando la «tenencia de los bienes», culturales, materiales, espirituales, cuando todo el poder de decisión está en manos de muy pocos. El franciscano, cuando habla de libertad, de fraternidad, de gobierno popular, contemporáneamente pone en relación los temas de pobreza, poder, propiedad, desapropiación, participación.

Los franciscanos sueñan con una sociedad basada en paradigmas del Espíritu, contrarios a los de la Carne. Si analizamos las fuentes primitivas, la familia semántica espíritu santo, espiritual, espiritualmente, tiene casi idéntica frecuencia de citas que la familia opuesta de carne, carnal, carnalmente. Podemos contar unas 200 citas significativas, muchas comunes.

Francisco comenzó su vida obrando de acuerdo a los paradigmas de la carne, pero el espíritu lo condujo a los opuestos del sistema: salió del siglo. Sus contemporáneos piensan y obran de acuerdo al instinto animal, a la inteligencia carnal.

La cristiandad por entero, con papa a su cabeza, está en guerra santa contra los enemigos de Dios y del Imperio. Francisco y los suyos se mueven con otros paradigmas y se proponen ir a convivir con los enemigos, comportándose entre ellos espiritualmente, no promoviendo disputas y controversias y trabajando como peones al servicio del infiel, como cristianos con paradigmas alternativos.

El sistema de valores medieval se basa en la gloria de Dios Emperador del Universo que se revela en el esplendor de la iglesia y especialmente en el de sus ministros: Para San Francisco todo eso es carne, opuesto al espíritu, y como carne mata, es muerte. Los hermanos que quieran vivir en el Espíritu de Dios que da vida, deberán obrar con paradigmas contrarios los del sistema dominante.

Francisco como hombre que tiene el espíritu de Dios propone a los suyos un nuevo paradigma que proviene del Espíritu: frente a un sistema que persigue disidentes, herejes o infieles, Francisco propone: todo aquel que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente.

Gratuidad vs mercado

Quizá lo más antitético al neoliberalismo mercantilista lo encontremos en la capacidad franciscana de vivir en la alegría gratuita del Espíritu. La palabra alegría aparece la palabra unas 248 veces en Escritos y Biografías. El fuego del Espíritu imprime una visión apasionada de la vida. En las antípodas de los valores del mercado la gratuidad alegre del vivir enamorado produce esa embriaguez de alegría solidaria que solos los pobres y excluidos pueden experimentar.

Los hermanos, cuando volvían a verse, rebosaban de tanta jovialidad y júbilo espiritual, que para nada se acordaban de las adversidades y pobreza extrema que padecían. La carne, con otros paradigmas, ofrece otras alegrías, falsas. La alegría del espíritu es aquella sabe que: No ha de ser por siempre fallida la esperanza del pobre. La alegría verdadera es la alegría de los pobres: Lo verán los pobres, y se alegrarán.

En el dictado al Hermano León sobre La Verdadera Alegría, Francisco sienta las bases de una cultura de la felicidad, en las antípodas de la ideología dominante. Vale la pena detenerse ante el texto.

Cierto día, el bienaventurado Francisco, estando en Santa María, llamó al hermano León y le dijo: – Hermano León, escribe. Este le respondió: – Ya estoy listo.

– Escribe -le dijo- cuál es la verdadera alegría: Llega un mensajero y dice que todos los maestros de París han venido a la Orden. Escribe: «No es verdadera Alegría».

Escribe también que han venido a la Orden todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; que también el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: «No es verdadera Alegría».

Igualmente, que mis hermanos han ido a los infieles y han convertido a todos ellos a la fe. Además, que he recibido yo de Dios una gracia tan grande, que curo enfermos y hago muchos milagros. Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

La falsa alegría sería la producida por la posesión de toda la ciencia, todo el poder civil, militar y eclesial, y más aún por la capacidad de eliminar los procesos lentos de la historia hasta poder acabar en un santiamén con los enemigos de la fe y la eliminación milagrosa del mal del mundo.

Te digo: si he tenido paciencia y no he perdido la calma en esto está la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y el bien del alma.

La verdadera alegría supone la capacidad de recorrer de nuevo el camino -de Perusa donde comienza la conversión hasta la Porciúncula donde termina el proceso de fundación del movimiento-, e inclusive en la horas oscuras de la vida, embarrado, helado y aterido, cuando uno es rechazado por una fraternidad que se convirtió en monasterio – no es hora decente para andar de camino, que lo acusa de hereje -Tú eres un simple y un paleto- y que ya no lo necesita… Hasta el punto de tener que volver al lugar de los crucíferos -un leprosario- a comenzar todo de nuevo.

La alegría falsa se gozaría en el uso del poder, de la fuerza, del número. Según los paradigmas de la carne Francisco tendría que haber actuado con autoridad y expulsado los rebeldes que rechazan al líder y fundador inspirado por el mismo Dios. La verdadera alegría está en la no violencia, en la paciencia, la paz…: si he tenido paciencia y no he perdido la calma en esto está la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y el bien del alma.

En la Amonestación 5ª Francisco sistematiza este paradigma en clave cristológica. El hombre ha sido constituido por el Señor Dios grande excelencia, dado que ha sido creado y formado a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu. En la misma línea del dictado de la Verdadera Alegría, Francisco no sitúa el paradigma de imagen y semejanza divina en la posesión de la ciencia suprema, en la capacidad de interpretar toda clase de lenguas, y ni siquiera en la mística o la teología. Todo esto es propio del demonio, que es especialista en las cosas celestiales, y terrenas y sabe de ellas más que el más sabio de todos los hombres. Tampoco la imagen y semejanza se reproduce en los más hermosos y ricos, en los hacedores de milagros, y expulsadores de todos los demonios que aterrorizan a la humanidad.

La imagen y semejanza la poseen los crucificados, los enfermos, los débiles que llevan el estandarte de la nueva cruzada que renuncia a los paradigmas de la ideología feudal dominante basados en el poder, la nobleza, la ciencia, la ortodoxia… la guerra.

El paradigma del franciscano no es pragmático sino utópico, no busca la competitividad sino el servicio, vive alegre en la más pura y radical gratuidad del Espíritu que incluye en la fiesta de la vida a todos los excluidos, a todos los fracasados, a todos los que no pudieron volverse competitivos para tener éxito en la ley de la oferta y la demanda.

Cultura de la Vida vs. cultura de la muerte

Para Francisco las creaturas no son objeto de compra y venta, sino compañeros en el gran culto de la creación a Dios. Abrasado por el fuego divino no podía ocultar al exterior el ardor de su espíritu, ebrio de espíritu, impone un modo apasionado de amar la vida, toda vida:

Su espíritu de caridad se derramaba en piadoso afecto, no sólo sobre hombres que sufrían necesidad, sino también sobre los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles.

También ardía en vehemente amor por los gusanillos, porque había leído que se dijo del Salvador: Yo soy gusano y no hombre. y por esto los recogía del camino y los colocaba en lugar seguro para que no los escrachasen con sus pies los transeúntes. ¿Y qué decir de las otras criaturas inferiores, cuando hacía que a las abejas les sirvieran miel o el mejor vino en el invierno para que no perecieran por la inclemencia del frío? Deshacíase en alabanzas, a gloria del Señor, ponderando su laboriosidad, y la excelencia de su ingenio; tanto que a veces se pasaba todo un día en la alabanza de estas y de las demás criaturas.

Hay varios hechos curiosos que nos imponen de la cultura de la vida del movimiento franciscano. Los biógrafos cuentan que el mismo Francisco que maldijo a una cerda que mató sin necesidad de comer, lucha por la paz en una sociedad que vivía en estado de guerra permanente. En escritos y biografías la palabra Paz aparece unas 130 veces y se cimenta en la renuncia total a la propiedad:

Cuando los hermanos van por el mundo, nada lleven para el camino: ni bolsa, ni alforja, ni pan, ni pecunia, ni bastón (cf. Lc 9,3; 10,4; Mt 10,10). Y en toda casa en que entren digan primero. Paz a esta casa. Y, permaneciendo en la misma casa, coman y beban lo que haya en ella (cf. Lc 10,5.7). No resistan al mal, sino a quien les pegue en una mejilla, vuélvanle también la otra (cf. Mt 5,39). Y a quien les quita la capa, no le impidan que se lleve también la túnica. Den a todo el que les pida; y a quien les quita sus cosas, no se las reclamen (cf. Lc 6,29 – 30).

Contra la iglesia-sociedad de su tiempo, Francisco prohibe litigar con los herejes: los hermanos que van por el mundo , no litiguen ni contiendan de palabra (cf. 2Tim 2,14) ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes. En toda casa en que entren digan primero: Paz a esta casa (cf. Lc 10,5). Y les está permitido, según el santo Evangelio, comer de todos los manjares que se les sirven (cf. Lc 10,8).

El movimiento franciscanos se enfrento a muchos que rechazaban la Paz y la salvación. No logró el nacimiento de una nueva sociedad fundada en otros paradigmas, pero, con la ayuda de Dios, muchos abrazaron la Paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la Paz.

Esta pacificación supera el ámbito humano y alcanza a todas las creaturas, que tienen que ser respetadas y reverenciadas.

Igualmente, decía al hermano encargado de cultivar el huerto que no destinase toda la tierra para hortalizas comestibles, sino que dejara un trozo de tierra para plantas frondosas, que a su tiempo produjera flores para los hermanos, por amor de quien se llama Flor del campo y lirio de los valles. Decía incluso que el hermano hortelano debería cultivar en algún rincón de la huerta un bonito jardincillo donde poner y plantar toda clase de hierbas olorosas y de plantas que produzcan hermosas flores, para que a su tiempo inviten a cuantos las vean a alabar a Dios. Pues toda creatura pregona y clama: «¡Dios me ha hecho por ti, oh hombre!».

4.- CONCLUSIÓN

A pesar de que el franciscanismo se ha cargado a los largo de los siglos de una pesada institucionalidad, puede ser definido como un modo de existir, una manera de ser en el mundo, dotada de una escala de valores, un modelo de relación, una estructuración de la convivencia social, un modo de pensar, una manera de hacer.

No me conformo con el pragmatismo conformista que invade todos los ambientes del movimiento franciscano a fin del milenio. Creo en la capacidad de resistencia de los paradigmas inspirados por el Espíritu a Francisco de Asís. Estoy convencido de la victoria final de la libertad, de la gratuidad, de la renuncia a la propiedad. Tengo la obligación de seguir soñando con un mundo pobre y fraterno… y feliz.

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Escrito por Redacción

Anna Schäffer, franciscana seglar, hecha santa por Benedicto XVI

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