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Año de la Fe: Como rezaria San Francisco hoy el Credo.

Francisco de Asís fue y sigue siendo un “maestro de vida” evangélica, pero es también un “maestro de fe”.

He aquí un aporte para el “año de la fe”…

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San Francisco tenía conciencia de la importancia del Símbolo apostólico; todos los frailes tenían esta conciencia, al punto que en capítulo III de la Regla no bulada (1R) se recomendaba a los frailes laicos rezarlo varias veces durante el día, en los distintos momentos de la oración litúrgica. Desde un momento preciso en adelante, en efecto, la vida de Francisco se dejó guiar por la fe; no una fe cualquiera en un Dios cualquiera, sino la fe en el Dios de Jesucristo transmitida y custodiada por la Iglesia romana, admirablemente sintetizada en aquel Credo que abarca todas las verdades necesarias para la salvación. Esta misma convicción la exigía a todos los frailes: antes de ser recibidos en la Orden tenían que ser examinados “sobre la fe católica y los sacramentos de la Iglesia” (2R II,2).

Francisco, hombre de fe, tuvo su punto de referencia en el Credo, porque su fe estaba contenida en aquel símbolo. Y es interesante observar el modo con el cual él hablaba de la fe a los frailes y cómo los invitaba a acoger ese don. Acogida, don: porque la fe es un don, antes que nada; pero es un don a acoger y a fructificar en tierra buena. No es por pura casualidad que las Admoniciones, que nos recuerdan el eco de los discursos que Francisco tuvo para con los frailes en los últimos años de su vida, se abran con el gran discurso sobre “el Cuerpo del Señor” que es, en realidad, un gran discurso sobre la necesidad de la fe. “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve -dice la Carta a los Hebreos-… Ahora bien, sin fe es imposible agradarle a Dios” (Hb 11,1.6).

Por eso, Francisco advierte que: así como todos aquellos que vieron con sus propios ojos a Jesús caminar en medio de ellos y no creyeron que él era Dios fueron condenados, “del mismo modo ahora, todos los que ven el sacramento… en forma de pan y vino, y no ven ni creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, están condenados” (Adm 1,8-9). Esto sucedió porque el hombre, víctima de la propia dureza de corazón, se rehúsa a creer a causa de la soberbia.

El que sabe ver y creer mirará a los hombres y a las cosas con los ojos de la fe, sabrá discernir entre el bien y el mal y sabrá reconocer al verdadero enemigo contra el cual hay que luchar: el pecado, que impulsa al hombre a la desobediencia, a la apropiación indebida de los dones de Dios, y reduce su cuerpo a la esclavitud. El verdadero siervo de Dios, por tanto, puede considerarse guiado por el Espíritu que viene de lo alto cuando no “se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro” (Adm XVII 1),porque “cuanto es el hombre ante Dios, tanto es y no más” (Adm XIX 2).

El hombre, al final, valdrá en la medida en que sabrá vivir como hijo de Dios, y por tanto, en la medida en que sabrá conformar su vida con su Credo, porque el Credo -valga la redundancia- es verdaderamente “creído” cuando cambia la vida… de lo contrario, es pura cháchara…

 

Cómo San Francisco comentaría el Credo

 

El Credo Apostólico está compuesto por doce artículos:

 

  1. Creo en Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra…

Francisco leyó su vida con los ojos de la fe. El sufrimiento de los hombres le hizo redescubrir el rostro de un Dios omnipotente, pero aún antes de un Dios que es Padre, capaz de amar a sus hijos con un amor entrañable; un Dios que ama y pide ser amado. Recemos, por tanto, con las palabras de Francisco: “Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros miserables de hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y de querer siempre lo que es de tu agrado”.

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Escrito por Redacción

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