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Algunos datos que quizás no conozcas sobre la Porciúncula

Los datos que hoy poseemos sobre los orígenes de la capilla de la Porciúncula tienen un cierto carácter legendario y constituyen lo que podríamos denominar «la prehistoria» de la Porciúncula. Según la leyenda, a mediados del siglo IV llegaron a Italia cuatro peregrinos procedentes de Jerusalén con una reliquia de la tumba de la Virgen. Deseosos de llevar una vida eremítica, se dirigieron a la llanura de la Umbría por recomendación del papa Liberio (352), en donde edificaron una pequeña capilla dedicada a Santa María de Josafat. Agrega la leyenda que a comienzos del siglo VI el mismo san Benito vino a fundar un monasterio en este lugar.

En el año 1054 ya se encuentra un documento que habla del lugar donde se halla la capilla, pero es necesario esperar hasta la mitad del siglo XII para encontrar el primer documento que se refiera a la capilla como tal. Se trata de una bula del papa Eugenio III (1145-1153), en donde aparece la capilla enumerada entre las posesiones del monasterio de San Benito del monte Subasio. En el mismo sentido fue mencionada en otras bulas de los papas Alejandro III (1159-1181), Gregorio VIII (1187) e Inocencio IV (15 de marzo de 1244).

El examen que se ha hecho de la estructura arquitectónica de la iglesia y del material empleado para su construcción, permite deducir que ésta no pudo haber sido hecha antes del siglo X. Junto a ella existió una pequeña edificación conventual cuyo origen también se desconoce y cuya destinación fue probablemente la de albergar a algún monje eremita o custodio de la iglesita.

No se sabe cuándo fueron abandonadas las dos edificaciones. Lo cierto es que a comienzos del siglo XIII ambas estaban semiderruidas. Cuando las primitivas fuentes franciscanas se refieren a la capilla, precisan que había sido «construida antiguamente» (antiquitus constructa). Los documentos la identifican como «santa María de la Porciúncula» por sus exiguas dimensiones («porcioncita»), y al lugar circundante lo llaman el «cerretto della Porziuncola» para referirse al bosque que estaba cerca de ella.

En el año 1207 (ó 1208) Francisco reconstruye la iglesita y adapta una pequeña habitación, probablemente sirviéndose de las ruinas de la antigua casa de los monjes. Es lo que los primitivos biógrafos llamarán «la casita» (o casucha, «domuncola»). Allí llegan sus primeros compañeros, quienes habitan ordinariamente en cabañas construidas de caña y barro. Como se verá oportunamente, los principales acontecimientos de su vida y los de la Fraternidad, están ligados a este lugar.

Hacia el año 1210 Francisco obtiene oficialmente de Teobaldo, abad benedictino del monte Subasio, el permiso para ocupar indefinidamente la Porciúncula.

Alrededor del año 1220, el Común de Asís construyó la primera habitación sólida para los hermanos detrás de la capilla; sus cimientos fueron descubiertos recientemente. Después de la muerte de Francisco y con el correr del tiempo, se añadieron varias construcciones alrededor de la iglesita, entre las cuales hoy quedan todavía trazos de un coro para la oración de los hermanos, adosado al ábside, y una capilla a la derecha. Se afirma que hubo otras capillas, incluyendo una sobre el techo, comunicada por un agujero todavía visible; pero, si creemos que Tiberio de Asís pintó fielmente lo que existía en el año 1518 (ver capilla de las rosas), sobre la Porciúncula sólo había un segundo techo para protegerla. (Nota: La afirmación que hacen algunos sobre la existencia de una iglesia de estilo gótico y con planta en cruz griega construida sobre la Porciúncula en tiempos del papa Nicolás IV, no tiene ningún fundamento histórico).

En la primera mitad del siglo XV fue ampliado el convento lo mismo que otros oratorios alrededor del núcleo inicial.

Sólo a mediados del siglo XVI se emprenden las obras de gran envergadura que hoy observamos y que responden a un plan orgánico y específico: por una parte la construcción de un templo capaz de proteger la preciosa reliquia de la Porciúncula y de albergar a la multitud de peregrinos y devotos; por otra parte, construir un convento (terminología de la época), que pudiera albergar a los numerosos hermanos, especialmente durante los Capítulos generales.

La primera piedra de la nueva basílica fue colocada por el obispo de Asís, Felipe Geri, el 25 de marzo de 1569. Los trabajos se emprendieron con el apoyo del papa dominicano san Pío V, pero tuvieron una lenta ejecución de más de un siglo. En efecto, la obra principal del templo sólo fue concluida en 1679, en tanto que la torre se construyó entre 1678 y 1684. Durante este tiempo varios arquitectos intervinieron en la dirección de las obras, pero se puede afirmar que todos respetaron el proyecto inicial del arquitecto perusino Galeazzo Alessi.

El terremoto del año 1832 arruinó gran parte de la basílica, dejando intacta la cúpula que protege la capilla. Cuatro años más tarde, un breve del papa Gregorio XV (26 de febrero de 1836) ordena comenzar la reconstrucción encomendada a Luis Poletti, quien la concluyó en 1840. Este arquitecto cambió la fachada primitiva por una de estilo neoclásico.

Con motivo del séptimo centenario de la muerte de san Francisco, el frontis de la basílica sufrió un cambio sustancial con la construcción del pórtico neobarroco que hoy observamos, diseñado por el arquitecto César Bazzani.

Finalmente, entre los años 1966 y 1970 se hicieron los trabajos de construcción de la cripta debajo del presbiterio, los cuales pusieron a la luz los cimientos de las primitivas construcciones; estos trabajos se hicieron gracias al patrocinio del Ministro general Fr. Constantino Koser.

BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES

La basílica se levanta frente a una extensa plaza diseñada por G. Nicolosi. En su aspecto exterior merecen destacarse cuatro elementos:

1) El frontis, concebido como un inmenso portal de estilo barroco con varias entradas, de las cuales la central se eleva considerablemente en forma de arco. El cuerpo central termina en un tímpano sobre el cual se yergue una estatua de la Virgen en bronce dorado, obra de Guillermo Colassanti (1930). Las puertas de nogal fueron elaboradas por B. Barbetti de Siena en 1892. En los extremos laterales, a la izquierda, una reproducción de la imagen de san Francisco que se encuentra en la capilla del tránsito, donada por las provincias de España (1926), y a la derecha, la imagen de santa Clara donada por la señora Marina Fellowes (1926).

2) La gran cúpula de proporciones armoniosas, apoyada sobre una base poligonal.

3) El campanario de estilo barroco.

4) La fuente de los 26 chorros construida en 1610, regalo de la familia Médici, cuyo escudo se repite a lo largo de toda ella como adorno.

En el lado derecho del pórtico de la basílica fue colocado (el 2 de agosto de 1989) un altorrelieve que representa al Papa Juan Pablo II, quien acoge, dentro de la Porciúncula, a los jefes de las religiones de todo el mundo el 27 de octubre de 1986, durante la celebración de la jornada mundial de la paz. Es obra de Franco Biasia con la colaboración de Romeo Sandrini.

El interior de la basílica está compuesto por tres naves separadas por pilastras, el presbiterio cerrado por un ábside semicircular, y el transepto, en el centro del cual se encuentra la capillita de la Porciúncula. El espacio arquitectónico es amplio y luminoso. Su decoración se inscribe en el orden dórico (metopas, triglifos, capiteles). Los penachos de la cúpula fueron pintados por Francisco Apiani de Ancona en 1757 y representan cuatro escenas diferentes: san Francisco fundador de la Orden, los Benedictinos le ceden la Porciúncula, santa Clara recibe el hábito, san Buenaventura escribe la vida de san Francisco.

En el brazo derecho del transepto se encuentra el altar de san Pedro liberado de las cadenas, obra de Juan Reinhold (1675). Alrededor de las naves laterales hay diez capillas decoradas en estilo barroco, con cuadros de varios pintores del siglo XVIII (Sermei, Pomarancio, Marinelli, Maggeri, Ciburi, Croce, Giorgetti). De todas ellas llamamos la atención sobre dos motivos iconográficos de interés: en la capilla de la Navidad (5ª de la derecha), fijarse en el cuadro de la procesión del velo de la Virgen, pintado por Pomarancio, en el cual se puede observar cómo era el frontis de la basílica antes del terremoto de 1832. En la capilla dedicada a la Virgen del Rosario (al frente de la anterior) hay un cuadro pintado por Muratori que representa a san Pío V, que aprueba el plano de la basílica presentado por Galeazzo Alessi.

El presbiterio adquirió un gran realce después de la construcción de la cripta. La sillería fue tallada en madera por varios frailes en el siglo XVII. El altar mayor y los dos ambones, hechos en mármol travertino, están adornados con estatuas y bajorrelieves en bronce de buena factura, obra del escultor Enrico Manfini (1968).

Recientemente (1986) se ha habilitado la capilla de la reserva eucarística con una estupenda talla del siglo XVIII en madera dorada, que se encontraba como expositor antiguamente en la basílica de santa Clara.

CAPILLA DE LA PORCIÚNCULA

Cobijada por la gran cúpula, la capilla de la Porciúncula constituye el principal centro de interés de la basílica. Sus dimensiones son exiguas. Ocupa un pequeño rectángulo de 4 por 7 metros, pero ese reducido espacio es el núcleo que ha dado origen al gran conjunto arquitectónico que lo circunda y al complejo urbanístico que crece a su alrededor.

Su aspecto exterior original de piedras rústicas ha sido modificado varias veces a lo largo de los siglos como fruto del amor y la devoción de sus custodios: ángeles, candelabros, torrecitas, mosaicos, frescos… El frontis ha recibido cuatro frescos en épocas diferentes: uno del año 1492, el segundo pintado por El Alumno en el siglo XV (tal vez el reproducido por Tiberio de Asís), el tercero pintado por Martinelli (1638), y el actual, pintado por Federico Overbeck en 1830, bastante criticado. Representa a san Francisco que obtiene de Cristo por intercesión de María el perdón de la Porciúncula. Hay dos inscripciones. La de arriba dice: «Acepto tu petición, Francisco» (Petitionem tuam, Francisce, admitto), y la de abajo: «Esta es la puerta de la vida eterna» (Haec est porta vitae aeternae). El frontis actualmente está coronado por un pequeño templete de estilo gótico que albergó hasta hace poco una imagen de la Virgen con el Niño, que se remonta a los primeros años del siglo XV.

El costado derecho conserva los vestigios de una de las capillas adosadas a la Porciúncula y los fragmentos de un fresco del siglo XV con las figuras de san Bernardino y la Virgen con el Niño y otro santo. La puerta lateral fue abierta en el siglo XIV. Sus amplias dimensiones, en desproporción con las de la capilla, se deben a la necesidad de dar salida a las grandes multitudes que entraban por la nave central, también desproporcionada, y salían por ésta. En este lado se conserva uno de los documentos epigráficos más antiguos de la Orden: la lápida de la tumba de Pedro Catáneo, muerto el 10 de marzo de 1221: «Anno Domini 1221 septimo calendis martii corpus Fratris Petri Catanii qui hic requiescit migravit ad Dominum. Animam cuius benedicat Dominus. Amen» (En el año del Señor 1221, el 10 de marzo, el cuerpo del hermano Pedro Catáneo, que reposa aquí, pasó al Señor. El Señor bendiga su alma. Amén).

Dice una curiosa leyenda que muy pronto después de la muerte de fray Pedro, afluyeron los devotos en gran número a venerar la tumba del buen hermano, por causa de los milagros que obtenían mediante su intercesión; hasta tal punto que llegaron a perturbar la vida de oración y recogimiento de los hermanos. Por eso agrega la leyenda que san Francisco le ordenó que no hiciera más milagros; que fuera tan obediente en la muerte como lo había sido en la vida. Desde aquel momento el difunto hermano Pedro obedeció.

En la pared posterior se observa un fresco mutilado, atribuido a Andrés de Asís, que representa la crucifixión. El fresco cubría una de las paredes del coro que los frailes tenían aquí en el siglo XVI. Lo que resta de este fresco nos da una idea de las dimensiones originales del mismo y de la amplitud del coro.

El interior de la Porciúncula conserva todavía la frescura de su mística simplicidad primitiva, con sus piedras bruñidas y patinadas por el tiempo. Su único adorno consiste en el retablo que cubre la pared del fondo y que tiene como figura central una piadosa Anunciación y, en la parte superior, el milagro de la Porciúncula. En el lado derecho: Francisco entre dos ángeles y Francisco en el rosal; a la izquierda, Francisco que obtiene la confirmación del perdón y Francisco que promulga la indulgencia. En la parte baja hay una inscripción con caracteres góticos que, traducida literalmente, dice: «Hizo pintar este retablo fray Francisco de Sangemini, con las limosnas recogidas en el año del Señor 1393. La obra fue iniciada en el mes de agosto y terminada en noviembre, mientras por estas partes amenazaban guerra y carestía. La pintó el sacerdote Hilario de Viterbo». Hasta ahora no se conocen otras pinturas de Hilario Zacchi de Viterbo.

Este lugar sereno y recogido, escenario de tantos momentos culminantes de la vida del pobre de Asís, bien merecen unos momentos de oración silenciosa, guiados por la memoria de María, la Madre de Jesús.

ACONTECIMIENTOS

Ningún otro lugar franciscano estuvo tan ligado a la vida de san Francisco y a la experiencia de la primitiva fraternidad como la Porciúncula. Las fuentes del siglo XIII son ricas de recuerdos y alusiones. Casi todos los más importantes acontecimientos de su vida tuvieron escenario en este lugar. Trataremos de seguir, en la medida de lo posible, un orden cronológico de los relatos que claramente se relacionan con este lugar.

Para captar mejor el mensaje de los textos es indispensable imaginar la capillita en su estado primitivo, sin frescos ni retablos, rodeada de algunas cabañas y escondida detrás del bosque. Es necesario cerrar los ojos a la majestuosa basílica y a las complejas edificaciones adyacentes.

— Después de la reedificación de San Damián y de la iglesita de San Pedro, Francisco reedifica la de la Porciúncula. Le gustó tanto el sitio por la cercanía del bosque y de las leproserías, que se construyó allí una celdita para vivir (1 Cel 21; LM 2,8; Lm 1,9; cf. 1 Cel 44).

— El primer encuentro de Francisco con el Evangelio aparece ubicado en la iglesia de la Porciúncula durante el «tercer año de su conversión». Allí encuentra el rumbo definitivo de su vida: «Cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar. Francisco no comprendió las palabras evangélicas y pidió al sacerdote que se las explicara. Al oír que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero, etc., sino predicar el reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica». Y, rebosando de alegría, no admite dilación alguna en comenzar a cumplir con devoción lo que ha oído» (1 Cel 22; LM 3,1; Lm 2,1; TC 25).

— Después de la distribución de los bienes a los pobres, Bernardo y Pedro vienen a habitar con Francisco a la Porciúncula. Poco después se les agrega Gil, y de aquí parten los cuatro para la primera incursión misionera. A este mismo lugar llegarán pronto otros cuatro hermanos. La Porciúncula es la morada de la primitiva fraternidad (TC 32-35.44; AP 14-18.24).

— Desde los primeros tiempos, la Porciúncula fue el punto de partida y el santuario de la misión evangelizadora de los hermanos (LM 3,7; Flor 13).

— Una vez aprobada la proto-Regla por el Papa Inocencio III y después de una breve estadía en Rivotorto, los primeros hermanos (doce?) regresan a la Porciúncula. A fin de no ser echados también de allí, obtienen del abad del monasterio de San Benito del Subasio el permiso de morar permanentemente junto a la capilla. Los hermanos pagan cada año (todavía hoy) el arriendo simbólico que consiste en una cesta de pescado (TC 56; LP 56; EP 55, cf 1 Cel 44).

— La Porciúncula es la cuna de la Orden: «Es de saber que en el lugar que Francisco escogió para sí y para los suyos y que desde antiguo se había llamado Porciúncula, había una iglesia levantada en honor de la Virgen Madre. La Orden de los Menores tuvo su origen en ella. El Santo amó este lugar sobre todos los demás, y mandó que los hermanos tuviesen veneración especial por él, y quiso que se conservase siempre como espejo de la Religión en humildad y pobreza altísima, reservada a otros su propiedad, teniendo el Santo y los suyos el simple uso» (2 Cel 18; LM 2,8; 4,5; cf. 1 Cel 88; TC 34.41).

— A este sitio de la Porciúncula llega la noble Clara de Favarone el 19 de marzo de 1211 (1212?) para consagrarse al Señor según el estilo de vida de Francisco. Es el nacimiento de la Segunda Orden: «El Domingo de Ramos, por la noche, Clara, cumpliendo las instrucciones de Francisco, emprendió la ansiada fuga de su casa con discreta compañía, y corrió a Santa María de Porciúncula, donde los frailes la recibieron con antorchas. De inmediato, dio al mundo «libelo de repudio»: cortada su cabellera por manos de los frailes, abandonó sus variadas galas. No hubiera estado bien que aquella Orden de florecientes vírgenes se fundara en otro lugar que en el santuario de quien, antes que nadie y excelsa sobre todas, fue ella sola juntamente madre y virgen. Éste es el mismo lugar en el que la milicia de los pobres, bajo la guía de Francisco, daba sus primeros pasos. De este modo quedaba de manifiesto que era la Madre la que en su morada daba a luz ambas Órdenes» (LCl 7-8).

— Para esta iglesita consiguió Francisco del Papa Honorio III, en la segunda quincena de julio de 1216, la indulgencia o perdón de la Porciúncula. NOTA: Los documentos relacionados con este acontecimiento son tardíos (del s. XIV en adelante) y con un cierto carácter legendario y apologético. Probablemente la ausencia de documentos durante el s. XIII se debe al temor de algunos funcionarios de la curia romana de que la indulgencia de la Porciúncula redujera el número de voluntarios para las Cruzadas, a los cuales se les recompensaba con indulgencias.

— Elogio de la Porciúncula. Significado que tenía para Francisco. Su papel como modelo de observancia: «Por divino querer acaeció que el alma de san Francisco pasara al reino de los cielos desde el lugar en que, todavía en vida, tuvo el primer conocimiento de las cosas sobrenaturales y le fue infundida la unción de la salvación. Pues, aunque sabía que en todo rincón de la tierra se encuentra el reino de los cielos y creía que en todo lugar se otorga la gracia divina a los elegidos de Dios, él había experimentado que el lugar de la iglesia de Santa María de la Porciúncula estaba henchido de gracia más abundante y que lo visitaban con frecuencia los espíritus celestiales. Por eso solía decir muchas veces a los hermanos: «Mirad, hijos míos, que nunca abandonéis este lugar… Fue aquí donde, siendo todavía pocos, nos multiplicó el Altísimo…»» (1 Cel 106; 2 Cel 19-20. 160; LM 2,8; TC 56; LP 56. 106. 107; EP 8. 11. 55. 82-84).

— Francisco quiso destruir la casa que el Común de Asís, en ausencia suya y sin su conocimiento, había edificado para los frailes que acudieran al capítulo que debía celebrarse en Santa María de la Porciúncula; y cesó en la demolición porque los caballeros allí presentes le aseguraron que la casa no era de los hermanos, sino del municipio (2 C 57; LM 7,2; LP 56; EP 7).

— Desde el comienzo, alrededor de la Porciúncula se celebraban los capítulos o «encuentros de los hermanos», entre ellos el famoso «Capítulo de las esteras» del año 1221 o tal vez 1219 (TC 57-59; LM 4,10; LM 4,5; AP 18.37-39; LP 18. 103. 109; EP 68; Flor 18; Giano, Crónica, n. 16).

— En un Capítulo celebrado en la Porciúncula (el de S. Miguel de 1220?), Francisco renuncia al oficio de Ministro general, y el hermano Pedro Catáneo es nombrado Vicario general (2 Cel 143; LP 11; EP 39).

— Conmoción del Cardenal Hugolino cuando, al llegar con su séquito al capítulo que se celebraba en Santa María de la Porciúncula, verificó la pobreza en que vivían allí Francisco y sus hermanos (2 Cel 63; LP 74).

— Sucedió cierto día, en los alrededores de Santa María de la Porciúncula, que un buen hombre encontró a Francisco llorando a lágrima viva. Le preguntó, compasivo, por qué lloraba, y el Santo le contestó: «Lloro la pasión de mi Señor Jesucristo» (TC 14; LP 78; EP 92; 2 Cel 11).

— Durante años, experimentó Francisco una pesadísima tentación espiritual, hasta que un día, mientras oraba en Santa María de la Porciúncula, oyó en espíritu una voz: «Francisco, si tienes fe como un grano de mostaza, dirás a esta montaña que se traslade, y se trasladará». «Señor -respondió el Santo-, ¿cuál es la montaña que quisiera yo trasladar?» Y oyó de nuevo: «La montaña es tu tentación». Y él, llorando, dijo: «Señor, hágase en mí como has dicho». Puesta en fuga al instante la tentación, quedó libre y aquietado del todo en su interior (2 Cel 115; LP 63; EP 99).

— Estando en Santa María de la Porciúncula, Francisco proporcionaba enseñanzas y severas correcciones a sus hermanos contra el dinero (2 Cel 65; AP 30; LP 27; EP 14).

— Pedro Catáneo propuso a Francisco guardar algunas cosas de los novicios que entraban para atender a los muchos frailes que llegaban a Santa María de la Porciúncula. Francisco le respondió: «Si no puedes atender de otro modo a los que vienen, quita los atavíos y las variadas galas de la Virgen. Créeme: la Virgen verá más a gusto observado el Evangelio de su Hijo y despojado su altar, que adornado su altar y despreciado su Hijo. El Señor enviará quien restituya a la Madre lo que ella nos ha prestado» (2 Cel 67; LM 7,4).

— En cierta ocasión, un hermano que volvía con la limosna de Asís a la Porciúncula, cerca ya del lugar, rompió a cantar, alabando al Señor en voz alta. El Santo, que lo oye, se levanta de golpe, le sale corriendo al encuentro y, besándole el hombro, carga el saco en el suyo y exclama: «Bendito sea mi hermano que va presto, humilde pide, vuelve contento» (2 Cel 76; LP 98; EP 25).

— Estando en la Porciúncula, Francisco ordena a su vicario, Pedro Catáneo, que le regale el ejemplar único que tenían del Nuevo Testamento a la madre pobre de dos hermanos, a fin de que solvente sus necesidades (2 Cel 91; LP 93; EP 38).

— Un día se presentó un pobre en la capilla de Santa María de la Porciúncula y pidió limosna. Francisco le dijo a un hermano que regalara al pobre el manto que había usado en el siglo (AP 28).

— Estando el bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, se hallaba cerca de su celdilla en el camino que pasa detrás de la casa, cuando de pronto viene un hermano a hablarle otra vez del salterio. El Santo le dio una lección al respecto (LP 105; EP 4).

— Un día, al volver el bienaventurado Francisco a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, encontró allí, en compañía de un leproso cubierto de úlceras, al hermano Jacobo el Simple; el Santo dijo al hermano en tono de reproche que no debería llevar consigo a los hermanos cristianos (así llamaba Francisco a los leprosos), pues no estaba bien ni para él ni para ellos. El Santo le hizo esta advertencia porque con frecuencia iba con algún leproso a la iglesia de Santa María. Pero enseguida Francisco se acusó a sí mismo y confesó su culpa, porque creyó que su reprensión al hermano Jacobo había avergonzado al leproso, y, en penitencia, comió con el leproso compartiendo escudilla (LP 64; EP 58).

— Al regresar Francisco con el hermano León, en pleno invierno, de Perusa a la Porciúncula, tuvo lugar el episodio de la verdadera alegría (VerAl; Flor 8).

— Clara, acompañada de otra hermana, viene a la Porciúncula para visitar a Francisco. Es invitada a comer, pero la comida se cambia en un luminoso convite espiritual (Flor 15).

— Un jovencísimo novicio espía la oración de Francisco, deseoso de imitarlo, y contempla una admirable visión que tuvo el Santo (Flor 17).

— En la Porciúncula, cerca de la celdilla de Francisco, una cigarra que se aposentaba en una higuera cantaba muchas veces con suave insistencia. La llamó el Santo, ella se puso en sus manos y comenzó a cantar. Luego volvió al lugar donde solía estar y allí se mantuvo por ocho días seguidos, dejándose acariciar por el Santo y cantando cuando él se lo mandaba (2 Cel 171; LM 8,9; LP 110).

— En otra ocasión, en Santa María de la Porciúncula ofrecieron a Francisco una oveja, que aceptó muy complacido por su amor a la inocencia y sencillez, que naturalmente representa la oveja. Exhortaba el piadoso varón a la ovejita a que atendiera a las alabanzas divinas y se abstuviera de ocasionar la menor molestia a los hermanos. Y la oveja, como si se diese cuenta de la piedad del varón de Dios, guardaba puntualmente sus advertencias y acompañaba a los hermanos en su oración (LM 8,7).

— Un hermano desobediente cambia de actitud gracias a la oración del Santo (LM 11,11; Lm 4,5; 2 Cel 34; Flor 23).

— Después del capítulo celebrado en Santa María de la Porciúncula y en el que por primera vez fueron enviados hermanos a países de ultramar, Francisco, que había quedado allí con algunos compañeros, les dijo que también él debía ir a países lejanos para compartir la suerte de sus frailes y servirles de ejemplo. Para que el Señor le inspirase a dónde debía encaminarse, se puso a orar, y pidió a los demás que hicieran otro tanto. Concluida la oración, Francisco escogió ir a Francia (LP 108; EP 65).

— Se hallaba San Francisco en la Porciúncula con el hermano Maseo de Marignano. Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche: «¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte?» (Flor 10).

— Estando Francisco en Santa María de los Ángeles durante la enfermedad de la que murió, llamó un día a sus compañeros y les dijo que comunicaran a la señora Jacoba de Settesoli su estado de salud, y que le pidieran paño religioso de color ceniza y también la vianda que solía prepararle en Roma. Escribieron la carta, pero antes que la enviaran, llamaron a la puerta. Era la misma señora Jacoba, que a toda prisa había venido, trayendo al Santo lo que deseaba (EP 112; LP 8; 3 Cel 37-39).

— Hospedado en el palacio del obispo de Asís, al notar Francisco que era ya inminente el último día, rogó a los hermanos que cuanto antes lo trasladaran a Santa María de la Porciúncula, pues deseaba entregar su alma a Dios donde conoció claramente por primera vez el camino de la verdad. Pocos días después de haber sido trasladado en una litera, ciego y agotado su cuerpo por los muchos ayunos y penitencias, el 3 de octubre de 1226, sábado, por la tarde, Francisco pasó a la vida definitiva (1 Cel 88. 110; 2 Cel 214-217; LM 14,3-6; Lm 7,3-5; TC 68; LP 22. 99; EP 88. 121).

— Conocida la muerte de Francisco, una gran muchedumbre acudió a Santa María de la Porciúncula, donde pudieron todos contemplar las llagas de Cristo en el cuerpo de Francisco. El 4 de octubre de 1226, domingo, de buen mañana, salió de la Porciúncula el solemne cortejo que trasladó los restos mortales de Francisco a la iglesia de San Jorge, dentro de Asís, deteniéndose al pasar por San Damián para que lo contemplaran por última vez Santa Clara y sus hermanas.

Fernando Uribe, ofm

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Carta por la Fiesta de Santa Clara del General de los Frailes Menores.

El Perdón de Asis. Homilia de fray Michael Perry, ofm