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Hacia una Conversión Ecológica.

Fray Vicente Felipe, de la fraternidad de Palmete en Sevilla, nos envía un documento para reflexionar sobre los motivos y los caminos que nos pueden conducir a la conversión ecológica de cada uno de nosotros y a nuestras Fraternidades.

Aunque todavía nos resulte raro relacionar conversión con ecología, o dicho con palabras del Papa Francisco, con el cuidado de la casa común, ya hace varios años que Juan Pablo II había hablado en diversas ocasiones de que es necesaria una “conversión ecológica”

Texto publicado en la web de la provincia OFM Inmaculada

LLAMADA A LA CONVERSION ECOLÓGICA

Las prácticas que la tradición de la Iglesia nos ha propuesto para avanzar en el camino de la conversión tenían que ver con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos: la mayor apertura, acogida, escucha y comunión con Dios (oración); el trabajo de crecimiento personal en una serie de aspectos como la interioridad, el dominio de nosotros mismos, el cuidado de la salud, la solidaridad y comunión con los que no tienen para comer (ayuno); y la solidaridad con nuestros hermanos con los que queremos compartir lo que somos y tenemos (limosna). Tres dimensiones interrelacionadas que hay que vivir simultáneamente. Sin embargo, a esas tres dimensiones: Dios, nosotros y nuestros hermanos, hay que añadir hoy otra, nos dice el papa Francisco en su encíclica Laudato si’: nuestra relación con la creación. Es un signo de los tiempos, pero también una exigencia de nuestra fe (cfr. LS 64)

Aunque todavía nos resulte raro relacionar conversión con ecología, o dicho con palabras del Papa Francisco, con el cuidado de la casa común, ya hace varios años que Juan Pablo II había hablado en diversas ocasiones de que es necesaria una “conversión ecológica”.1 En la Audiencia general del 16 de enero de 2001, a partir del comentario al salmo 148, 1-5, afirmaba que “la armonía del hombre con su semejante, con la creación y con Dios es el proyecto establecido por el Creador”. Que la humanidad está llamada a cuidar y administrar la creación, “a continuar con la obra del Creador, una obra de vida y de paz”, a gobernar “el mundo con santidad y justicia” (Sab 9,3). “Por desgracia, al recorrer con la mirada las regiones de nuestro planeta, nos podemos dar cuenta inmediatamente de que la humanidad ha decepcionado la expectativa divina… humillando ese ‘huerto’ que es la tierra, nuestra morada. Por eso, es necesario estimular y apoyar la ‘conversión ecológica’ que en estas últimas décadas ha hecho a la humanidad más sensible con respecto a la catástrofe hacia la que es está encaminando”.

Y si eso decía Juan Pablo II, el Papa Francisco ha planteado la conversión ecológica como una de las finalidades primordiales de su encíclica Laudato si’ (cfr. LS 216-221): se trata de lograr una mística, unos “móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria” (EG 261), porque “una conversión ecológica implica dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en la relaciones con el mundo que nos rodea” (LS 217). Y ha de ser individual y comunitaria (cfr. LS 219).

 

Reflexionemos sobre los motivos y los caminos que nos pueden conducir a esa conversión  ecológica a cada uno de nosotros y a nuestras Fraternidades.

 

1.  Dios tiene un Proyecto de vida para su creación y nos llama a colaborar con El.

Toda la creación, seres humanos y todas las demás criaturas, está llamada a la salvación, a la plenitud de vida (cfr. Is 11, 6-9; Ef 1, 13-14; 2, 1-10; Rom 8, 28-30). La creación es buena, en ella todo está interrelacionado y le es confiada al ser humano para que la cultive y la cuide (cfr. Gen 2, 19). Pero hombres y mujeres introdujeron desde el principio el pecado y la destrucción, por eso la creación entera, seres humanos y todas las criaturas, gime en dolores de parto, esperando la manifestación definitiva de los hijos de Dios (cfr. Rom 8, 19-23). Pero también desde el principio Dios está empeñado (y así lo vemos en toda la historia de la salvación) en hacer posible su proyecto de liberación y de vida en plenitud para toda su creación. Él quiere una humanidad fraterna y solidaria, donde cada persona viva en plenitud, con la dignidad para la que ha sido creada (imagen y semejanza de Dios), en comunión de vida con Dios, con las otras personas y con toda la creación, sin barreras de nacionalidad, cultura, religión. El sueño de Dios es que la humanidad sea una sola familia y la tierra sea una casa para todos. Y nosotros estamos llamados a colaborar con él, a asumir una responsabilidad compartida respecto a nuestros hermanos y hermanas humanos y respecto a la creación entera.

 

2.  Pero hemos hecho del mundo un lugar de muerte

En el mundo existe mucho llanto, gritos y fatigas y mucha muerte injusta. Pensemos en los tres problemas más grandes que tiene hoy la humanidad (Benedicto XVI dixit): la pobreza y el hambre, las guerras, y la destrucción de la naturaleza, tan estrechamente relacionados. Problemas que afectan principalmente a los pobres (Laudati si’ insiste en que no se pueden separar la crisis ecológica y la pobreza que hay en el mundo, que “el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos” y que el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta” (LS 48)

La crisis ecológica amenaza a las mismas estructuras que sostienen la vida de nuestro planeta. El cambio climático, la contaminación del aire, la contaminación y progresivo agotamiento de numerosas faldas acuíferas, la erosión de muchas áreas cultivables, la deforestación de numerosas zonas críticas del planeta, la pérdida de biodiversidad, numerosos prófugos ambientales o migraciones climáticas en los países del Sur; las enfermedades de las sociedades ricas vinculadas a los cambios del ambiente; el gran problema de los residuos-basuras; el uso excesivo de los recursos naturales por parte de la especie humana, especialmente del derroche de los países ricos y de los ricos de los países pobres (cfr. Cap. 1 de Laudato si’)

 

3.  Causas de la crisis ecológica

Hay muchos que no dan tanta importancia a estos problemas: unos por inconsciencia y otros porque piensan que la capacidad técnica de la humanidad podrá ir encontrando soluciones. Pero los problemas son reales y su solución no se encuentra sólo ni fundamentalmente en el ámbito de la técnica, que es ambivalente: resuelve muchos problemas, pero genera otros, también de tipo medioambiental (cf. Laudato si’, pp.95-107). La solución ha de venir por un cambio cultural, de mentalidad, de valores que vaya a la raíz del problema ecológico. Porque la raíz es ética, cultural y espiritual (cfr. LS 105).

Las causas de la crisis ecológica son complejas. Diversos factores han contribuido:

  • Desde Descartes ha predominado en nuestra cultura una orientación antropocéntrica fuerte (cfr. LS 115-116) en la que se separa al hombre de la naturaleza. El hombre, pensando sólo en sí mismo, se sitúa por encima del resto de las criaturas y las usa, como objetos, para sus propios intereses, como si fuera su dueño. Y no sólo no respeta el valor de la naturaleza sino tampoco el de los otros hombres, especialmente los pobres y los débiles.
  • En la modernidad el paradigma tecnocrático ha dominado la naturaleza y ha producido grandes avances, pero también muchos males. “El inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia” (LS 105). El poder domina la economía, la política y la vida de las personas; es muy grande y es peligroso. No se puede creer en el crecimiento ilimitado porque no hay disponibilidad infinita de recursos (cfr. LS 106).
  • Hay que añadir que tanto la economía capitalista como la socialista se han apoyado, para producir crecimiento económico, en un industrialismo que no ha tenido en cuenta la naturaleza.
  • El modelo de desarrollo que se ha promovido desde el tiempo de las colonias es un modelo de desarrollo economicista, extractivista e industrialista, capitalista, consumista y excluyente que ha pensado básicamente en un crecimiento ilimitado, pero sólo de una parte de la población mundial y a costa de la mayor parte del mundo (tercer y cuarto mundo) que está siendo expoliado; un modelo que no se ha querido dar cuenta de que los recursos de la naturaleza son limitados y está agotando muchos de esos recursos; un modelo que ha necesitado y necesita de una gran cantidad de energía que se ha sacado básicamente de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) altamente contaminantes y que contribuyen al calentamiento global y al cambio climático; un modelo que ha tenido y tiene como motor la ganancia, la acumulación de capital y todo un sistema cultural neoliberal, y todo eso a favor de una minoría mundial, los países ricos, que llevamos un modo de vida derrochador, y que generamos una enorme cantidad de

Ese modelo de desarrollo lo han creado y lo alimentan un entramado de instituciones, estructuras y mecanismos económicos perversos que Juan Pablo II llamó, en Sollicitudo rei socialis, “estructuras de pecado”: sistema de comercio internacional, sistema financiero, multinacionales, políticas económicas de los gobiernos, etc Pero esos mecanismos perversos (“estructuras de pecado”) no nos eximen de responsabilidad porque “esas estructuras se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación” (SRS, 36). Esas estructuras están sustentadas en una determinada forma de vida de una parte de la población mundial que agotamos los recursos de los continentes y de los océanos, que producimos tantas basuras y tanta contaminación con las emisiones de CO2 y de los gases de efectos invernadero. Es decir, una de las causas del abismo Norte-Sur y del agotamiento ecológico es el estilo de vida de las sociedades ricas en las que vivimos nosotros. No podemos echar la culpa solamente a las multinacionales o a los gobiernos. Nosotros consumimos lo que producen las multinacionales o votamos a los gobiernos o no los presionamos suficientemente para que hagan políticas justas y sostenibles. Y si no nos gusta que existan los graves problemas medioambientales y que otros mueran como mueren debemos de dejar de vivir como vivimos.

 

4.  Cambio cultural, de valores y de modelo de desarrollo

Reducir el abismo dramático presente hoy en nuestro mundo entre Norte y Sur y dar respuesta a la crisis ecológica pasa pues:

  • por un cambio cultural y de mentalidad que parta del hecho de que los seres humanos y todo el ambiente natural formamos una sola comunidad de vida; que el planeta Tierra es como una madre que alimenta y nutre a todas sus criaturas, y que existe una estrecha interdependencia entre todos los seres;
  • por un nuevo modelo de desarrollo movido por una ética de la compasión universal que promueva que todos los seres puedan vivir con dignidad, la justicia global, el cuidado de la creación, la profundización en una democracia social y participativa, la preocupación por las generaciones futuras: lo que se llama un desarrollo (que no crecimiento) sostenible2.
  • por una “conversión ecológica” en los modos de producción, de distribución y en los hábitos de consumo de las sociedades
  • por un cambio del estilo de vida de estas sociedades opulentas, es decir, por un cambio de nuestro estilo de vida (cf. SRS, 9; RM, 59; CA, 36; VC, 90; Compendio de la DSI 486; CV 51; LS 203-208).

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5.  ¿Qué entendemos por “nuevos estilos de vida”?

Los nuevos estilos de vida son formas de resistir a las manipulaciones del sistema y de los que detentan el poder socio-económico, financiero, político y cultural, que nos quieren hacer creer que en el consumismo está la felicidad y tratan de convencernos, mediante los poderosos medios de comunicación, que no es posible cambiar la realidad, que hay que aceptarla como es. Que nada podemos hacer contra problemas tan grandes como la pobreza mundial o el cambio climático. Los nuevos estilos de vida son modos nuevos de plantearse solidariamente la vida, formas responsables de vivir, preocupados por el bien común, (preocupados por hacer realidad el proyecto de Dios de vida abundante para su creación), que se traducen en acciones cotidianas que todos pueden realizar y que dan concreción al sueño del cambio y de otra vida y otro mundo posible.

 

6.  Desde la sabiduría que proviene de la fe

Nuestra fe nos dice que las cosas tal como están no son conformes a la voluntad de Dios, y además que la situación en la que nos encontramos no es inevitable. La sabiduría que nos viene de nuestra fe cristiana nos recuerda la belleza y la grandeza del don recibido y nos coloca de un modo diferente en el cosmos y en la historia: nos habla de la finitud y del límite que caracterizan la existencia humana, de un umbral que hay que cuidar para encontrar la felicidad y la armonía. Es una sabiduría que está muy atenta a todo lo que amenaza a la vida para afrontarlo valientemente, con opciones incisivas y meditadas. Nos ayuda a discernir nuestras actitudes, nuestra mirada sobre el mundo y nuestro modo de estar en él. Es una sabiduría solidaria, preocupada por los pobres y por toda la creación y, precisamente por eso, para realizar una verdadera fraternidad, educa a la sobriedad, ayudando a descubrir lo que da sabor y sentido pleno a la vida. La espiritualidad franciscana centrada en la fraternidad universal y en la minoridad hace una gran aportación a esa sabiduría.

 

7.  Los nuevos estilos de vida promueven

  1. Nueva relación con las cosas: Corremos el riesgo de convertirnos en esclavos de las cosas y de vivir para consumir, quitándonos el tiempo para relacionarnos con los otros. En vez de “consumir más” necesitamos “consumir mejor”. Necesitamos experimentar la serenidad, el equilibrio que da el contentarse con lo suficiente. Necesitamos cambiar de óptica pasando del valor de las cosas al valor de las personas, de la necesidad de objetos a la necesidad de relaciones interpersonales fuertes, de la lógica del tener a la del contacto y la relación. Ese es el sentido franciscano de una ética de la sobriedad, que es también apuesta por la comunión y la solidaridad con quien tiene necesidad, o sufre injusticia y explotación (cfr. LS 22-224).

El estilo evangélico y franciscano de vida y la conversión ecológica exigen también:

  • un consumo crítico que sepa elegir productos que sean expresión de relaciones justas en el mercado de trabajo y de respeto del ambiente
  • revisar la actitud ante el dinero
  • fomentar las finanzas éticas, que no ponen como objetivo máximo las ganancias sino que valoran las consecuencias no económicas de las opciones económicas, las repercusiones sociales, el impacto ambiental y el respeto de los derechos humanos ecológicamente sostenible.
    1. Nueva relación con las personas: Construir relaciones interpersonales no violentas, que respeten la diversidad del otro –también de los extranjeros- y la consideren como riqueza. Cuidarnos unos a otros. No tener miedo de la Para todo esto es necesario cultivar el silencio.
    2. Nueva relación con la naturaleza: Pasar del uso indiscriminado de la naturaleza a la responsabilidad ambiental. Fomentar hábitos nuevos en que de «señores» de la tierra pasemos a ser «cuidadores» del jardín. En esa creación de hábitos es fundamental la práctica de las llamadas 3 R:
  • Reducir el consumo de recursos y en consecuencia, reducir los Es la ley fundamental.
  • Reutilizar y reparar los objetos (contra el “usar y tirar”)
  • Reciclar, separando los residuos en

Y cuidar la alimentación, que es fundamental para una buena salud, pero también para la justicia económica y para la sostenibilidad ambiental.

Necesitamos recuperar una espiritualidad integral y una ética ecológica que asuma el desafío de la justicia ambiental que trata de proteger el medioambiente al mismo tiempo que defiende a los pobres.

  1. Nueva relación con los problemas de la propia sociedad y del mundo: Superar la cultura de la indiferencia y de la autoreferencialidad y recuperar la capacidad de cuidado del otro, la sensibilidad por el sufrimiento del hermano y la solidaridad; descubrir la riqueza de la diversidad; pasar del asistencialismo a la justicia social que trata de eliminar las causas de las pobrezas.

 

8.  Tres niveles en los estilos de vida

Los nuevos estilos de vida no pretenden implicar sólo la esfera personal de la vida, sino que se alargan a la dimensión comunitaria, sea eclesial que social, y pretenden llegar al cambio de los sistemas y de las estructuras socio-económicas, políticas y culturales. No basta con el cambio personal -aunque es imprescindible porque sin cambio personal no hay cambio global- sino que hay que actuar en esos tres niveles en forma progresiva y circular.

 

9.  Cómo puede contribuir al cambio nuestra espiritualidad franciscana

Los seres humanos y todo el ambiente natural formamos una sola comunidad de vida en la que existe una estrecha interdependencia entre todos los seres. Todo está relacionado, conectado (cfr. LS 16; 70; 91; 117; 120; 137; 138; 142; 240). La interdependencia supone comunión entre los seres y nos conduce a atender a los débiles y a cuidarlos como si de nosotros mismos se tratara, ya que por la interdependencia  nos afecta su sufrimiento.

La interiorización del valor de la interdependencia que nos conduce a la compasión, y el cambio cultural, no son fáciles, porque se oponen a los valores predominantes de nuestra cultura. Las religiones pueden jugar un papel importante en ese necesario cambio de mentalidad, pues algunas, al considerar a la naturaleza como creación o don de Dios a los seres humanos, promueven una relación con la naturaleza basada en el respeto y no en la explotación, ven a las personas, también las futuras, como prójimos a respetar, y promueven estilos de vida austeros y solidarios 3.

En este sentido, es universalmente conocido que la fraternización con la creación es un aspecto notable en la biografía y el mensaje de Francisco (cf. 1C 76; 81, 2C 165; LP 14; EP 114; 118; Cántico de las Criaturas…). Paolazzi afirma que: “La imagen de Francisco amante y cantor de la creación posee un fundamento muy sólido en la tradición biográfica más antigua y fidedigna, desde Tomás de Celano hasta San Buenaventura, incluidas a las importantísimas compilaciones anónimas conocidas con los títulos de Compilación de Asís (o Leyenda de Perusa) y Espejo de perfección, todas tejidas con los testimonios de los primeros compañeros de Francisco”4.

Francisco ofrece una novedad respecto a la tradición cristiana precedente polarizada ya sea en el dominio de la creación – «someter y dominar la tierra»- ya sea en el desprecio ascético y dualista de la misma: Francisco se acerca a las cosas con humildad, admiración e infinito respeto, no poniéndose por encima de ellas sino junto a ellas, tratándolas como hermanas. Esto se debe principalmente a:

  • su fe en Dios creador y su experiencia de la paternidad de Dios. La fe en el Dios creador le hace mirar todo lo que existe como creación de Dios: todas las cosas son criaturas salidas de sus manos del Padre de bondad –por eso las llama hermanas (cf. 1Cel 81 y Cántico)-, todas las cosas son reflejos del Creador. Para Francisco todo lo creado forma una gran familia. Como dicen la biología y la cosmología actual, la Tierra es la comunidad de vida en la que todos los seres conviven y se interconectan; esta visión nos lleva necesariamente a tener respeto por cada ser, pues cada ser tiene valor en sí mismo más allá del uso humano. Al ser humano, que en la modernidad se le pensó desligado, fuera y por encima de la naturaleza, haciéndolo “dueño y señor” de ella (Descartes), hoy hay que concebirlo, y Francisco nos ayuda a ello, inserto en la naturaleza, en la comunidad de la vida como aquella porción de esta comunidad vital que siente, piensa, ama y venera.
  • su opción por ser menor. La minoridad, es la que genera en él una peculiar relación con las cosas en clave de desapropiación, de solidaridad, de interdependencia y de fraternidad. La fraternidad entre los seres humanos y con todas las criaturas sólo es posible si somos menores. Es la minoridad, la pobreza y la no-apropiación las que generan en Francisco un sentido profundo de fraternidad y de comunión y una relación con la creación en clave de respeto religioso y cuidado de toda vida, renuncia a la posesión desacralizante y violenta de las cosas, uso pobre y compartido con todos de los bienes de Dios.

 

 

Hno. Vicente Felipe, ofm

 

1 Cf. JUAN PABLO II, Audiencia general, miércoles 17 enero 2001: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/2001/documents/hf_jp-ii_aud_20010117_sp.html; Angelus del domingo 10 de noviembre de 2002: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/2002/documents/hf_jp-ii_ang_20021110_sp.html También el discurso del representante de la Santa Sede ante la ONU 25 octubre 2006.

2 Sostenibilidad o sustentabilidad se refiere al equilibrio de una especie con los recursos de su entorno. Por extensión se aplica a la explotación de un recurso por debajo del límite de renovación del mismo. El desarrollo sostenible o sustentable se define como el que “satisface las necesidades de la generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades” (Principio 3° de la Declaración de Río -1992-; cf. Informe Brundtland -1987-)

3 Cfr.J. CARRERA, El problema ecológico: una cuestión de justicia, Cristianisme i Justicia, Barcelona 2008, p. 24

4 IDEM, p. 65

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Escrito por Redacción

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