Sabiduría de un pobre: Más pobre que el leño muerto

Capitulo XI

Una delgada columna de humo azulado se elevaba al borde del bosque, no lejos de la ermita. Subía ligera, derecha, sin ser molestada por el menor viento. Tranquila y lanzada como los grandes árboles parecía formar parte del paisaje y, sin embargo, intrigaba al hermano León.

Este humo era insólito. ¿A quién se le habría ocurrido encender un fuego tan de mañana? León quiso salir de dudas. Se adelantó, separó las ramas de los arbustos y vio, a un tiro de piedra, a Francisco mismo, de pie junto a un pobre fuego. ¿Qué diablos estaría quemando? Le vio que se agachaba, que recogía una piña y la echaba a las llamas.

León dudó un instante, después se arrimó despacito.

– ¿Qué estás quemando ahí, padre?

– Un cesto – respondió simplemente Francisco.

León miró de más cerca. Distinguió los restos de un cesto de mimbre que acababa de quemarse.

– ¿No será – dijo – el cesto que estabas haciendo estos días, verdad?

– Sí, el mismo – respondió Francisco.

– ¿Y por qué lo has quemado? ¿No te gustaba como había quedado? – preguntó León asombrado.

– Sí, quedaba muy bien, hasta casi demasiado bien – replicó Francisco.

– Pero, entonces, ¿por qué lo has quemado?

– Porque hace un momento, mientras rezábamos tercia, me distraía tanto que acaparaba toda mi atención. Era justo que en recompensa lo sacrificara al Señor – explicó Francisco.

León se quedó con la boca abierta. Por más que se empeñara en comprender a Francisco, sus reacciones le sorprendían siempre. Esta vez el gesto de Francisco le parecía de una severidad excesiva.

– Padre, no te comprendo. Si fuera preciso quemar todo lo que nos distrae en la oración no se terminaría nunca – murmuró León después de un momento de silencio.

Francisco no respondió nada.

– Sabías – añadió León – que el hermano Silvestre contaba con el cesto. Le hacía falta y lo estaba esperando con impaciencia.

– Sí, ya lo sé – respondió Francisco -. Le haré otro en seguida, pero era necesario quemar éste, esto era más urgente.

El cesto había acabado de quemarse. Francisco apagó con una piedra lo que quedaba de fuego y, cogiendo a León por el brazo, le dijo:

– Ven, voy a decirte por qué he obrado así.

Le llevó un poco más allá, junto a un macizo de mimbres, cortó un número bastante grande de varillas flexibles, después, sentándose en el mismo suelo, empezó otro cesto. León se había sentado a su lado, esperando las explicaciones del padre.

– Quiero trabajar con mis manos – declaró entonces Francisco -, quiero también que todos mis hermanos trabajen. No por el ambicioso deseo de ganar dinero, sino por el buen ejemplo y para huir del ocio. Nada más lamentable que una comunidad en donde no se trabaja, pero el trabajo no es todo, hermano León, no lo resuelve todo, puede ser incluso un obstáculo temible a la verdadera libertad del hombre, es así cada vez que el hombre se deja acaparar de su obra hasta el punto de olvidarse de adorar al Dios viviente y verdadero, por eso nos es preciso velar celosamente para no dejar apagar en nosotros el espíritu de oración. Eso es más importante que todos.

– Lo comprendo, padre – dijo León -, pero no vamos a destruir nuestra obra cada vez que nos distraiga en la oración.

– Desde luego – dijo Francisco -. Lo importante es estar presto a hacer este sacrificio al Señor. Sólo con esta condición el hombre conserva su alma disponible. En la antigua ley los hombres sacrificaban al Señor las primicias de sus cosechas y de sus rebaños. No dudaban de deshacerse de lo más hermoso que tenían. Era un gesto de adoración, pero también de liberación. El hombre mantenía así su alma abierta. Lo que sacrificaba ensanchaba su horizonte hasta el infinito. En eso estaba el secreto de su libertad y de su grandeza.

Francisco se calló. Toda su atención pareció entonces concentrarse en su trabajo, pero León, a su lado, veía que todavía le quedaba algo que decir. Algo esencial que debía hacer cuerpo con él y que le costaba trabajo manifestar. Eso León lo sabía, por eso le parecían tan largos esos instantes de silencio. Hubiera querido hablar, decir una palabra para llenar ese silencio. Pero se calló por discreción. De repente, Francisco volvió su cara hacia él y le miró con una expresión de grandísima bondad.

– Sí, hermano León – dijo con mucha calma -, el hombre no es grande hasta que se eleva por encima de su obra para no ver más que a Dios. Solamente entonces alcanza toda su talla. Pero esto es difícil, muy difícil. Quemar un cesto de mimbre que ha hecho uno mismo no es nada, ya ves, aunque esté muy bien hecho, pero despegarse de la obra de toda una vida es algo muy distinto. Ese renunciamiento está por encima de las fuerzas humanas.

“- Para seguir un llamamiento de Dios el hombre se da a fondo a una obra. Lo hace apasionadamente y con entusiasmo. Eso es bueno y necesario. Sólo el entusiasmo es creador; pero crear algo es también marcarlo con su sello, hacerlo suyo inevitablemente. El servidor de Dios corre entonces su mayor peligro. Esta obra que ha hecho, en la medida en que él se apega, se hace para él el centro del mundo; le pone en un estado de indisponibilidad radical. Será preciso un romperse para arrancarle de ella. Gracias a Dios, este rompimiento puede producirse, pero los medios providenciales puestos entonces en marcha son temibles, son la incomprensión, la contradicción, el sufrimiento, el fracaso y, a veces, hasta el pecado mismo Dios lo permite. La vida de fe hace entonces su crisis más profunda, más decisiva también. Esta crisis inevitable se presenta más pronto o más tarde en todos los estados de vida. El hombre se ha consagrado a fondo a su obra y ha creído darle gloria a Dios por su generosidad, y he aquí que, de repente, Dios parece abandonarle a sí mismo, no interesarse por lo que hace. Aún más, Dios parece pedirle que renuncie a su hora, que abandone eso a lo que se ha entregado en cuerpo y alma durante tantos años con alegría y con trabajos.

“Coge a tu hijo, a tu único, al que tú amas, y vete al país de Moria y allí ofrécemelo en holocausto.” Esta palabra terrible dirigida por Dios a Abraham no hay verdadero servidor de Dios que no la oiga un día a su vez. Abraham había creído en la promesa que Dios le había hecho de darle una posteridad. Durante veinte años había esperado su realización. No había desesperado. Y cuando por fin había llegado el niño, sobre el que reposaba la promesa, entonces Dios exige a Abraham que lo sacrifique. Sin ninguna explicación. El golpe era rudo e incomprensible. Pues bien: eso mismo es lo que Dios nos pide a nosotros también un día u otro. Entre Dios y el hombre parece que no se habla el mismo lenguaje. Ha surgido una incomprensión. Dios había llamado y el hombre había respondido. Ahora el hombre llama, pero Dios se calla. Momento trágico en que la vida religiosa limita con la desesperación, en que el hombre lucha completamente solo en la noche con el inaprensible. Ha creído que le bastaría con hacer esto o aquello para ser agradable a Dios, pero es a él a quien se exige. El hombre no es salvado por sus obras, por muy buenas que sean. Es preciso que se haga él mismo obra de Dios. Debe hacerse más maleable y más humilde en las manos de su Creador que la arcilla en manos del alfarero. Más flexible y más paciente que el mimbre entre los dedos del que hace cestos. Más pobre y más abandonado que la madera muerta en el bosque en el corazón del invierno. Solamente a partir de este estado de abandono y en esta confesión de pobreza, el hombre puede abrir a Dios un crédito ilimitado, confiándole la iniciativa absoluta de su existencia y de su salvación. Y entra entonces en una santa obediencia. Se hace niño y juega el juego divino de la creación. Más allá del dolor y del gozo, llega al conocimiento de la alegría y del poder. Puede mirar con un corazón igual al sol y a la muerte. Con la misma gravedad y con la misma alegría.”

León se callaba. Ya no tenía ganas de hacer preguntas. No comprendía, desde luego, todo lo que le decía Francisco, pero le parecía que no había visto tan claro y profundo nunca en el alma de su padre. Lo que le impresionaba, sobre todo, era la tranquilidad con que hablaba de cosas graves, que seguramente había sabido por experiencia. Se acordó de lo que Francisco le había dicho otra vez: “El hombre no sabe verdaderamente más que lo que experimenta.” Seguro que él había experimentado todo lo que decía. Hablaba con tantísima verdad, que León se sintió de repente lleno de dulzura y de espanto al darse cuenta de que era el confidente privilegiado de una experiencia así. Francisco continuaba su trabajo, y su mano tejía el mimbre sin temblar, como jugando.

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